Tomás era un niño que vivía con sus padres en un barco. ¿En un barco? Os preguntareis. Sí, en un barco. Y no uno cualquiera, sino en un trasatlántico.
Su padre era pianista y su madre tocaba el contrabajo, y formaban parte de la orquesta de fiestas.
Tomás, a sus 8 años, había viajado más de lo que muchos sueñan. Y durante estos años, había visto y conocido a muchas personas, a un hindú que comía bombillas, a la mujer más alta del mundo, a la niña Record Guinness de salto de comba, en definitiva, mucha y muy variada gente.
Tomás soñaba con convertirse algún día en una persona especial como aquellas que veía.
Un día, cuando el barco había llegado a puerto, y Tomás había terminado sus deberes (porque vivía en un barco pero también tenía que hacer deberes), sus padres le dejaron salir a proa y ver como subían nuevos pasajeros.
Mientras observaba, escuchó una voz que le decía: "¡Eh, tú! ¡Eh, niño!"
Tomás miró a su alrededor, pero nadie parecía llamarle.
"Ehh, aquí abajo" - volvió a escuchar.
Cuando bajo la cabeza no podía creer lo que veía, ¡había un pez señalándole! Y no contento con eso, le lanzó una moneda de oro con la boca.
Desde aquel día Tomás supo que él era la persona más interesante que viajaba en ese barco.